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La justicia restaurativa es feminista

Actualizado: 22 de ago de 2020

Por: Daniela Escallón Vicaría


El sistema judicial penal está lleno de hombres juzgando lo que hacen otros hombres, bajo esquemas de pensamiento en donde la única opción viable de reparación es el castigo impuesto por un sistema social y jurídico jerárquico que aplica todo su poder sin importar el contexto, las causas o las consecuencias de los hechos.

Cuando estaba en la universidad, me preguntaba si realmente era una buena elección profesional ser una abogada penalista. Mi primera conclusión fue que no. Ser mujer y penalista en este país era casi como suicidarse en los estrados. Tendría que enfrentar a diario el saludo acosador de los fiscales, la condescendencia de mi actuar por ser mujer, joven y atractiva, e incluso los comentarios que dicen que el derecho penal es muy peligroso para una mujer. Era entonces una evaluación fácil, la pasión por el derecho penal versus el sistema opresor y patriarcal del sistema judicial; no cabía duda de que la decisión más razonable era huir del sistema patriarcal.

Sin embargo, en medio de la indecisión que le corre a una por las venas a los 20 años, decidí profundizar mi carrera en el derecho penal, sabiendo que me quedaría en la academia y que hacerlo no me obligaba a volverme una prestigiosa litigante penalista, o una mujer más acosada sexualmente en las inmediaciones de las fiscalías que investigan la violencia doméstica. En medio del estudio, descubrí que el derecho penal era mucho más que el simple enfrentamiento violento y a veces ruin de argumentos que pretenden una victoria mas que la justicia. El derecho penal quiere entender el porqué de la comisión de los delitos a partir de categorías jurídicas que establecen que algunas conductas son la ofensa más grande que un ser humano le pueda cometer a otro. Pero a los abogados de hoy en día poco les importa eso. Es más importante el prestigio de un caso victorioso, aunque eso signifique sacrificar un poco de ética, que el entendimiento del comportamiento humano y cómo ese comportamiento está desangrando a las sociedades y oprimiendo cada vez más a los oprimidos.

No existe en la universidad nadie que enseñe que el derecho penal se puede ejercer diferente al castigo. No existe nadie que crea que es posible no castigar a un criminal y que en cambio sí es posible perdonar. Poco se imaginan los profesores que las emociones juegan un papel importante en las actuaciones judiciales. Tampoco el diálogo es una opción viable. Entonces terminamos creyendo que la única salida fácil es promover la encarcelación, o quizás, hacer justicia desde la elección de los defendidos, porque claro, salir de una universidad privada cuyo nombre está en un estrato social alto, debe ser motivo para ser mucho más que una simple defensora pública.

Ese privilegio establecido en la academia a partir de la estratificación del conocimiento impone una carga y una responsabilidad inimaginable en los estudiantes, y en el derecho penal no es diferente, litigar debería significar primero hacer un “buen nombre”, segundo relacionarte a un alto nivel, tercero defender las causas nobles de los millonarios y políticos, más que de aquellos que han matado por hambre.

Terminando la profundización, entendí que el derecho penal podía ser revolucionario desde los delincuentes y no desde los abogados, y que es posible cambiar el sistema judicial siendo mujer. Empecé a estudiar y a trabajar la justicia restaurativa con un enfoque en la delincuencia juvenil. Pensaba que trabajar con menores de edad también ha sido siempre labor de mujeres. Y sí, no es en vano ver que instituciones como el Bienestar Familiar están compuestas en mas de un 70% de mujeres profesionales, haciendo las labores de las madres de Colombia que quieren salvar a los hijos de otras madres, que el sistema mismo las ha obligado a abandonar a sus hijos.

Lo mismo pasa con la delincuencia juvenil, un lugar común más para el ejercicio profesional de las mujeres. Sin embargo, a pesar de que el sistema penitenciario y carcelario de adultos esté compuesto en su mayoría por hombres y el sistema judicial juvenil por mujeres, es interesante ver que en proporción casi 70-30 los delincuentes son hombres, y que las causas del delito en mujeres, está rodeada por los hombres.

En ese trabajo con la delincuencia juvenil, buscamos las respuestas diferentes del sistema judicial al delito, y descubrimos en la justicia restaurativa una opción válida. La justicia restaurativa no estratifica el proceso, no privilegia al privilegiado ni oprime al oprimido. La justicia restaurativa reconoce la dignidad humana y busca que la toma de conciencia por el daño sea expresada a partir de reparaciones efectivas. No busca la exclusión social, como forma patriarcal de establecer el control social, sino que por el contrario confronta a los seres humanos desde sus emociones y necesidades. Con esto no quiero decir que el feminismo es emocional, o que el feminismo se construye a partir de nociones femeninas únicamente.

Quiero decir que el feminismo es la lucha por acabar la opresión que se genera por los sistemas jerárquicos patriarcales que imponen la forma en cómo pueden hacerse las cosas, que discrimina por diferentes motivos y que segrega a las sociedades. Y la justicia restaurativa, contrario sensu, promueve la igualdad de las partes, busca el equilibrio en los procesos, no discrimina por el delito, no excluye. La justicia restaurativa promueve una horizontalidad que nuestro sistema judicial no conoce. Promueve que la inclusión sea el enfoque para tratar el delito, que el diálogo y el reconocimiento del otro sean las bases para llegar a acuerdos pacíficos, y así mismo, promueve que el castigo sea eliminado como opción violenta de respuesta. Entonces sí, si ser feminista es buscar acabar con los sistemas de poder, entonces la justicia restaurativa lo es, quizás por eso, la reticencia de los jueces a aplicarla, porque no conciben algo que no sea patriarcal.



#justiciarestaurativa #feminismo

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